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Con la tentación de desplegar una prosa salvaje, de querer joder conciencias plastificadas con un rayo insomne entre endemoniado y esperanzado, cual ultimo mohicano de una generación gastada en un goce entre ritual y babieca de pochoclos y el patios de comidas. Cantarle su mierda a las palmeras artificiales que decoran la decadencia de un destino de grandeza entregado a la utopía impotente de un Miami de las Pampas.