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“La tendencia a disminuir al adversario. Es sin más un documento de la inferioridad del que la tiene; se tiende infantilmente a disminuir rabiosamente al adversario para poder creer que se le vencerá sin ninguna duda. Por eso hay oscuramente en esa tendencia un juicio acerca de la propia incapacidad y debilidad (que quiere animarse), y hasta podría reconocerse en ella un conato de autocrítica (que se avergüenza de sí misma, que tiene miedo de manifestarse explícitamente y con coherencia sistemática). Se cree en la “voluntad de creer” como condición de la victoria, lo cual no sería erróneo si no se concibiera mecánicamente, convirtiéndose en un autoengaño (cuando contiene una indebida confusión entre masas y jefes y rebaja la función del jefe al nivel del seguidor más atrasado y sin luces; en el momento de la acción el jefe puede intentar infundir en los seguidores la convicción de que el adversario será derrotado sin ninguna duda, pero él mismo tiene que hacerse un juicio más exacto, y calcular todas las posibilidades, incluso las más pesimistas). Un elemento de esta tendencia es de la naturaleza del opio: es, efectivamente, propio de débiles el abandonarse a las fantasías, el soñar con los ojos abiertos que los propios deseos son la realidad, que todo se desarrolló según los deseos de uno. Por eso se atribuyen a una parte la incapacidad, la estupidez, la barbarie, la cobardía, etc., y a la otra las dotes más altas del carácter y de la inteligencia: la lucha no puede ser dudosa, y ya parece que se tenga la victoria en la mano. Pero esa lucha es soñada, y vencida en sueños. Otro aspecto de esta tendencia consiste en ver las cosas como en la pintura histórica de las estampas populares, en los momentos culminantes de alta epicidad. En la realidad, se empiece a actuar por donde se empiece, las dificultades resultan inmediatamente graves porque no se ha pensado nunca concretamente en ellas, y como siempre hay que empezar por cosas pequeñas (pues, por regla general, las cosas grandes son conjuntos de cosas pequeñas), la “cosa pequeña” se desprecia: es mejor seguir soñando y retrasar la acción hasta el momento de la “gran cosa”. La función de centinela es molesta, pesada, agotadora; ¿por qué “desperdiciar” así la personalidad humana, en vez de reservarla para la hora grande del heroísmo?, etc. No se tiene en cuenta que si el adversario te está dominando mientras tú lo disminuyes, reconoces ser dominado por uno al que consideras inferior: pero entonces, ¿cómo es que ha conseguido dominarte? ¿Cómo es que te ha vencido y ha sido superior a ti precisamente en aquel instante decisivo que tenía que dar la medida de tu superioridad y de su inferioridad? No hay duda: algún diablo anda por en medio. Pues bien: aprende a conseguir que el diablo se ponga de tu parte”.

 

Antonio Gramsci

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Quien esto sostiene, posee un sentimiento de inferioridad en sí mismo: en efecto, se tiende a disminuir violentamente al adversario para poder creerse con la victoria segura. Por eso, en esta tendencia existe un juicio oscuro sobre la propia incapacidad y debilidad (que se pretende aparentar coraje), y se podría incluso reconocer en dicha tendencia un comienzo de autocrítica (que se averguenza de sí misma, que tiene miedo de manifestarse explícitamente y con coherencia sistemática). Se cree en la “voluntad de creer” como condición de la victoria, lo cual, no sería equivocado si no se la concibiese mecánicamente y no se la transformase en autoengaño (cuando contiene una indebida confusión entre masa y jefes y rebaja la función de jefe al nivel más primigenio y groseramente gregario. En el momento de la acción, el jefe puede infundir a la masa partidaria la persuasión de que el adversario será vencido ciertamente, pero él mismo debe tener un juicio exacto y calcular todas las posibilidades, incluso las más pesimistas). Un elemento de esta tendencia se parece al opio; es, en efecto , propio de los débiles abandonarse a la fantasía, soñar con los ojos abiertos que los propios deseos son la realidad, que todo se desarrolla según los deseos. Por eso se contempla, por una parte, la estupidez, la barbarie, la vileza, etc., y por otra, las más altas dotes de carácter e inteligencia. La lucha no puede ser dudosa, y se parece tener la victoria al alcance de la mano. Pero la lucha queda en sueños y vence en sueños. Otro aspecto de esta tendencia es el observar las cosas como una escena vivida, en los momentos culminantes de alto caracter épico. En la realidad, ahi donde se comienza a actuar, las dificultades aparecen graves desde el comienzo, porque jamás se había pensado concretamente en ellas; y así como es necesario comenzar siempre por cosas pequeñas (por lo demás, las cosas grandes son un conjunto de cosas pequeñas), a la “cosa pequeña” se la menosprecia; es mejor continuar soñañdo y remitir la acción al momento de la “cosa grande”. La función del centinela es pesada, fastidiosa, fatigante, ¿para qué  “derrochar” así la personalidad humana y no conservarla para la gran hora del heroísmo?, y así sucesivamente. No se piensa en que si el adversario te domina y lo menosprecias, reconoces estar dominado por una persona que consideras inferior. Pero entonces, ¿como consiguió dominarte? ¿como te vencio siempre y fue superior a ti, aun en el momento desicivo que debía dar la medida de tu superioridad? Ciertamente que estará de por medio la “cola del diablo”. Pues bien, aprende a tener a la cola del diablo de tu parte.

Cuadernos de la carcel: Pasado y Presente