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En la ciudad de Córdoba, el 29 de mayo de 1969, estalló una gigantesca insurrección de masas que tomó el control del centro de la ciudad derrotando a las fuerzas policiales. Esa insurrección urbana recibió el nombre de Cordobazo. La represión policial sobre las columnas de obreros y estudiantes que ese día marchaban hacia el centro de la ciudad (en el marco de una huelga convocada por la CGT local y las organizaciones estudiantiles) despertó la solidaridad activa de la población,  que se sumó a la lucha callejera, colaborando con la construcción de barricadas, refugiando en sus casas a manifestantes perseguidos por la policía, y lanzando objetos contundentes desde balcones y terrazas. El Cordobazo dio comienzo al proceso de crisis y retirada de la dictadura militar surgida del golpe militar encabezado por el general Ongania en junio de 1966 y  autodenominada “Revolución Argentina”.

Para comprender la profunda trascendencia política del Cordobazo tenemos que recordar que la dictadura comenzada por Ongania fue la primera forma de implantación en nuestro país del fenómeno que Guillermo O´Donnell definió como el Estado Burocrático Autoritario. Dicha forma estatal aparece como respuesta a una crisis de hegemonía o crisis de dominación celular (o social), entendida como una crisis que “no solo implica un difundido entorpecimiento de los patrones “normales” de reproducción cotidiana de la sociedad (específicamente, de las relaciones capitalistas de producción). También entraña, como característica que la define (…) cuestionar sustanciales componentes de aquellas relaciones: el sujeto social –burguesía-  que se apropia del excedente económico, la naturalidad y equidad de la relación que constituye en tal a la burguesía y, en el microcosmos de la empresa, la pretensión de aquella de dirigir el proceso de trabajo”.

Esta crisis, “es el “fracaso” del Estado como aspecto garante y organizador de las relaciones sociales fundamentales en una sociedad capitalista”. Estas relaciones fundamentales pasan a ser cuestionadas de forma tal que se ablanden “la garantía coactiva y la atenuación de los encubrimientos ideológicos que, durante crisis menos profundas, permiten la cotidiana reproducción de aquellas relaciones”.  Se desatan entonces “los temores más primordiales de la burguesía, así como de los sectores sociales e instituciones (entre ellos las Fuerzas Armadas) que suelen alinearse con aquélla para tratar de reinstaurar el orden y la normalidad”. El Estado Burocrático Autoritario surge como una “crispada reacción de las clases dominantes y sus aliados” ante una crisis que tiene como actor fundamental a “un sector popular (incluyendo la clase obrera de estos capitalismos extensamente industrializados) políticamente activado y relativa pero crecientemente, autonomizado respecto de las clases dominantes”. Quienes implantan y apoyan este tipo de estado “coinciden en que el requisito principal para extirpar la crisis es subordinar y controlar estrictamente al sector popular, revertir la tendencia autonomizante de sus organizaciones de clase y eliminar sus expresiones en la arena política”[1]. Este tipo de crisis, reapareció claramente durante mayo de 1969, aun cuando se suponía que esta forma de estatal debía evitarlo eficazmente.

Desde otra perspectiva, Beba y Beatriz Balvé[2] caracterizan la situación de 1969 como una situación revolucionaria siguiendo la caracterización de Lenin. Para él hay “tres signos principales: 1) la imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma inmutable; tal o cual crisis en las “alturas”, una crisis de la política de la clase dominante, abre una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución, no basta que “los de abajo no quieran vivir” como antes, sino que hace falta también  que “los de arriba no puedan vivir” como hasta entonces. 2) Una agravación, superior a la habitual, de la miseria y las penalidades de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por las razones antes indicadas, de la actividad de las masas, que en tiempos “pacíficos” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas tanto por la situación de crisis en conjunto como por las “alturas” mismas, a una acción histórica independiente. Sin estos cambios objetivos, independientes no solo de la voluntad de tales o cuales grupos y partidos, sino también de la voluntad de estas o aquellas clases, la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se llama situación revolucionaria (…)”[3]. Pero dicha situación revolucionaria y los combates de masas realizados durante mayo de 1969 no desembocaron en una revolución sino en una intensificación inmediata y a gran escala  de la actividad represiva del Estado Burocrático Autoritario, bajo la forma de ocupación militar de la ciudad y la implantación de Consejos de Guerra por parte de las Fuerzas Armadas.

El Cordobazo aparece entonces, como el fracaso del Estado Burocrático Autoritario en eliminar la crisis de dominación social, a la que sólo pudo aplazar y a la que terminó agravando, a juzgar por la magnitud, las características y la profundidad de los fenómenos insurreccionales de masas que tuvieron lugar en y desde 1969, así como por la creciente legitimidad formas de lucha armada que cobraron ímpetu con posterioridad al Cordobazo. En este sentido, el Cordobazo marca claramente el auge de la politización y radicalización del movimiento estudiantil contra una Dictadura que desde 1966 había tomado a la universidad como territorio enemigo y sobre el cual despliega una política de intervención y represión claramente expresada durante “la noche de los bastones largos”. Fue esa política represiva la que produjo mártires como el estudiante Santiago Pampillón (asesinado por las balas policiales) y aceleró el acercamiento mutuo entre el movimiento obrero y el movimiento estudiantil. Acercamiento que, desde el movimiento obrero, ya se había expresado políticamente en el Programa del Primero de Mayo 1968 elaborado por la CGT de los Argentinos (fractura de la CGT dirigida por Raimundo Ongaro).

Desde las páginas del Semanario CGT, dirigido por Rodolfo Walsh y editado por la CGTA, se le fue dando expresión ideológica al bloque popular que finalmente emergería durante las jornadas de lucha de 1969 (recordemos que en diciembre de 1968 dicho Semanario tuvo una tirada de un millón de ejemplares, convirtiéndose así en el principal órgano de oposición a la dictadura). Fue en ese clima que la dirección de la FUA publicó un documento en el cual se afirmaba que “en este nuevo período de represión abierta, el completar los canales de organización existentes con nuevas formas que complementen a las anteriores es tarea inmediata del conjunto del estudiantado; plasmar en la práctica y en la acción la unidad obrero-estudiantil como lo hicieron los obreros y estudiantes cordobeses es una necesidad imperiosa para el futuro triunfo de la lucha popular; el aporte generalizado del estudiantado en combate por la Universidad popular, científica y democrática del pueblo liberado, con protagonismo estudiantil, la profundización de esta lucha, ayudara a que un torrente popular, acaudillado por los trabajadores, derroque a la dictadura, conquiste el timón político del país y marche a la definitiva liberación social y nacional de nuestra patria[4].

Agrupación La Vallese – Grupo Nuestra América


[1] : O´Donnell, Guillermo: El Estado Burocrático Autoritario, Ed. De Belgrano, Buenos Aires, 1996.

[2] : Balvé Beba y Balvé Beatriz: El 69 Huelga política de masas, Ed. Contrapunto, Buenos Aires, 1989.

[3] : Lenin, V.I. La Bancarrota de la II Internacional, Obras Completas, Tomo XXI, Ed. Cartago, Buenos Aires, 1960.

[4] : Ceballos, Carlos, Los estudiantes universitarios y la política, CEAL, Buenos Aires, 1985.